Que no me la llevé al río,
ni me engañó la mozuela,
que no tenía marido
y era sobrada de juergas.
*
Fue, en una noche sin nombre,
para mí lo más querido:
tenerla justo a mi lado
ardiendo entre sus abismos.
Hubiera tocado sus pechos
si me hubiera atrevido.
Pero las manos... se me hicieron
un muro no sé porqué motivo.
Las dos manos se me quedaron
con sus dedos hechos vidrio,
amarradas al silencio
ante aquel cuerpo encendido.
Con luces hasta los bordes
las paredes de aquel sitio,
y un estrépito de altavoces
castigándome los oídos.
*
Sin movernos de la silla,
nos miramos, nos quisimos.
Ni siquiera nos hablamos,
ni tampoco desvestimos.
Ella esperaba que yo
me bebiera el camino
que separaba mi fuego
de las brasas de su vino.
Pero yo quedé callado,
y ella nada me dijo.
Me porté como quien soy,
un tímido empedernido.
Le hubiera dado mis sueños
atado a sus latidos.