Artículos sobre Gustavo Vega

 

 

Poesía para ver.

por Estela Beltrán

La Veu de Torre Llobeta, nº 22. Barcelona. Diciembre 2002.

Edita: Centre Civic Torre Llobeta.

 

 

La sala de exposiciones de Torre Llobeta durante el mes de febrero nos ofrecerá una exposición muy particular, POESÍA PARA VER. Se trata de una colección de poemas visuales de GUSTAVO VEGA.

El autor, un leonés que reside en Barcelona, es uno de los creadores más representativos de esa forma de hacer híbrida en la que el concepto coincide con la plástica. No se trata de poemas ilustrados, ni de dibujos con poemas añadidos, sino de la síntesis entre la poesía y la plástica.

Exceptuando la obra de Joan Brossa, entre nosotros la poesía visual en cualquiera de sus muchas formas y manifestaciones ha pasado desapercibida y reducida a una cierta marginalidad. Una marginalidad a veces alimentada por su propia interdisciplinariedad y, otras veces, por algunas producciones de dudosa calidad de autores que han aparecido y desaparecido de forma esporádica y que han contribuido muy poco a valorizar el “género” -entrecomillo la palabra género-.

Con esta exposición que, aunque rebasa el tiempo dedicada a la SEMANA DE LA POESÍA -permanecerá abierta del 4 al 24 de febrero-, está relacionada con ella. Conocedores de la obra singular de este autor, tendremos ocasión de ver poetizados los espacios de Torre Llobeta con obras dotadas de valores plásticos evidentes, al tiempo que preñadas de un lirismo y carga metafórica inusuales. Gustavo Vega es un punto de referencia para muchos y, sin duda, uno de los más destacados representantes de esa forma de crear que se ha dado en llamar poesía visual. Y lo es tanto por su propia obra creativa como por sus trabajos de investigación teórica.

De tendencia natural a lo pluriforme e interdisciplinar -habitualmente se desenvuelve entre la filosofía, la poesía y las artes pláticas-, Vega disfruta saltándose los límites de la verbalidad, explorando las dimensiones del cuerpo de la escritura, al tiempo que experimentando las posibilidades de la materialidad plástica. Todo ello, con una clara intención poetizadora, tal y como podemos ver en su obra PRÓLOGO PARA UN SILENCIO.

De él dice J.M.Balcells -catedrático universitario y crítico literario-, su singladura creadora no puede equipararse a la de quienes, tras una etapa vanguardista, encauzaron luego su obra hacia parámetros más convencionales. Y tampoco resulta comparable con la trayectoria de aquellos que, al compás de la revitalización de la poesía visual en unos años dados, dejarían al margen por un tiempo la convención más usadera para sumarse a las prácticas visuales.

Reflexión existencialista y, al mismo tiempo, misticismo y complacencia ante la vida están presentes en su obra. El título de uno de sus libros, EL PLACER DE SER, en Ed. Endymion, es significativo. Se trata de un placer autoalimentado en relación dialéctica con el dolor. Placer irónico que se hace denuncia. O que penetra en las profundidades del ser y de la existencia haciéndose juego, risa.

Dominio de la palabra, pero también de la plástica, aquí está la originalidad de este poeta. Una plasticidad que nace tanto del pincel tradicional como de la impresora o del aerógrafo; que va del lienzo manipulado al infograma, y de este al fotograma, e incluso al vídeo. De las tecnologías tradicionales a las nuevas, y de estas a aquellas en un claro intento de entremezclarlas.