| Artículos sobre Gustavo Vega |
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Pintura fonética. por Francisco Suárez
El pintor leonés Gustavo Vega expone en Caja España.
Diario de León. León. 18 de diciembre de 1994.
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Escribir con los pinceles. Pintar con las palabras. Buscar los contenidos de la expresión más allá de las fronteras que imponen los géneros tradicionales. Gustavo Vega ensambla literatura y artes plásticas en una suerte de maridaje que encuentra su lugar de crecimiento en ese territorio híbrido que es la poesía visual. Vanguardia y tradición a un mismo tiempo, el enorme auge que esta práctica ha cobrado en la segunda mitad de nuestro siglo debe contextualizarse dentro del clima de renuncia y ablandamiento de las barreras artísticas que hemos vivido en las últimas décadas: los pintores ya no utilizan sólo pintura, los escultores no se limitan a tallar o modelar, los músicos abandonan las partituras, los poetas la limpidez del papel en blanco... Hoy más que nunca se debe hablar de creadores. Por eso, a nadie ha de extrañar que desde ámbitos de la creación antaño distantes, surjan ahora resultados coincidentes. El viejo anhelo de alcanzar la obra de arte total, retomado con fuerza en nuestro tiempo -y con más fuerza cuantas más postguerras se acumulan- encontró un renacimiento vigoroso y en ocasiones nihilista en aquellas prácticas anti-objeto en que desembocó el «gesto» de Duchamp. En estas fórmulas de lo artístico, una vez desaparecidos por completo los esquemas de comportamiento habitúales, el creador tiene vía libre para echar mano de cuanto necesite en la conformación del mensaje. La obra se convierte en un espectáculo absoluto, en una interacción total de medios expresivos, que renuncian en parte a sus claves propias para abandonarse en brazos de la hibridación y el mestizaje. Y esa misma temperatura es la que alienta hoy a la poesía visual. Pero conviene no olvidar que esta práctica cuenta con una tradición que se remonta de forma documentada al siglo IV a. C. -los caligramas de Simias de Rodas, Teócrito o Dosiadas- y que, con altos y bajos, pero ininterrumpidamente, ha llegado hasta nuestro siglo, cobrando un renovado auge de la mano de Apollinaire, Marinetti y otros muchos. Pero antes, la larguísima y fructífera connivencia medieval entre imágenes y palabras se interrumpió como forma artística de prestigio a partir del Renacimiento. Aún así, tuvo en el Barroco un importante desarrollo, unido al conglomerado simbólico de aquel momento. La llegada de las vanguardias artísticas y el rechazo de tantos preceptos ya inservibles, favorecieron que la palabra y la imagen uniesen nuevamente sus resortes con vistas a obtener la máxima eficacia comunicacional, a pesar de todos los tratadistas: «¿Cuál es la pincelada que dice “te quiero” sin lugar a dudas? Las palabras generalmente vencen» (Eluard). No pocos artistas contemporáneos se han sumado a la rememoración de este viejo matrimonio en el que palabra e imagen, signo y representación, hunden sus ancestrales raíces hasta arribar al paisaje sagrado de la magia. El hombre contiene al objeto, su imagen es la forma más antigua de poseerlo. Gustavo Vega parece compartir la célebre sentencia de aquel gran poeta que fue Paúl Klee: «La escritura y la pintura son, el fondo, lo mismo». Pero el recorrido que nos propone no se ciñe exclusivamente al campo de la poesía visual. Así, el visitante penetra en la obra a través de un dispositivo ambiental que juega el papel de pequeño tránsito iniciático. Una vez en el interior, lo visual y lo auditivo. La letra sagrada -hecha imagen pura- se transforma en letra sangrada, el llanto enlatado de un niño abandona la vida y se convierte en poema ready made, la audición de los latidos acompaña a la visión de una sangre simulada que, sin embargo, no es sangre derramada sino, más bien el continente de la vida («Que palpiten desarmadas las palabras»). Convergencia de los signos, frontera de los géneros (convergiendo). La letra A inaugura todo lo existente; entre la A y la Z todas las cosas ocupan su lugar: la crítica a una sociedad en decadencia («Sociedad/Suciedad») comparte escenario con el silencio minimalista, sólo la estructura del poema Silencio que es pura visualidad, intuición del sonido perfecto (del aún no dicho). La vida se inmiscuye: «Lloro, grito, aúllo, blasfemo..., / luego existo» (León Felipe). Gustavo Vega es un poeta que hace pintura y un pintor que hace música. Las palabras resuenan dentro y fuera; los poemas son la partitura y el espectador su intérprete. Música, objeto, pintura, poesía: pintura y palabras para una macrocomunicación del silencio.
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